El hombre de mi vida

Pocos recuerdos tengo tuyos. Como tu barba súper afilada, mal cortada, porque solo sabías hacerlo con una cuchilla de mango de colores que también usabas de arma y que llevabas contigo cada vez que querías caminar solo a través de los caseríos de Piura.

Tu andar pausado, desde el punto de tu vida, ya no había excusa para ir a prisa. Tus dedos regordetes con los que me acariciabas mi cabello corto. Los surcos de tus uñas rotas y gruesas, por el arduo trabajo en la tierra, durante más de siete décadas, que siempre me dejabas recorrer y sentir, como si fueran cicatrices de guerra, mientras me contabas historias alucinantes de gente que ya había muerto.

Eras el más valiente de todos, porque te zurraste con tu familia, cuando se enteraron que iba a nacer. Cuando tu esposa te amenazó con dejarte, si por casualidad, te acercabas a la calle donde iba a vivir.

Te llegó altamente todo. Te subías a tu caballo, sentado entre alforjas de colores que ponías a los costados y, diciendo que ibas a dejarles algo de comer a tus peones, dabas vuelta en la primera esquina que podías, te adentrabas en calles pequeñas, de pisos de barro y arena, hasta llegar al final de la calle, última casa, la que no tenía color en la fachada, la de adobe, donde yo vivía.

Tocabas tres veces la puerta, sin bajarte del caballo y a penas escuchabas las bisagras chillosas que alguien abría, tú ya estabas con la mano estirada, sujetando una bolsa negra, que siempre sacabas de la alforja más vieja y dabas indicaciones casi sin hablar: “Para mi niña”. Cuando la otra mano recibía el bulto, tú ya estabas regresando por el sendero de trocha.

La misma historia se repetía cada semana. A penas sentías que estaban por descubrirte, aplazabas la visita a una semana más. Nunca hablabas de mí con nadie, no me mencionabas y no permitías que alguien lo haga, tu voz autoritaria callaba cualquier lengua que quería darte la contraría.

Si de casualidad, mi abuela y yo nos cruzaba mostrar, en la calle, contigo y con tu sequito de peones que te hacían el papel de guardias, me buscabas a los ojos y me dabas esas miradas de amor, que nunca dejaste que nadie más que yo las conociera y regresabas la vista a tu gente, a seguir delegando, como si nada hubiera pasado.

Fue nuestro secreto por más de tres años. Nunca te pregunté cómo, a pesar que estabas amenazado con morir solo, pudiste durante tanto tiempo y en un pueblo chico, donde todos saben lo de todos, hacer tal travesía sin que nadie te descubriese. Tal vez alguna vez nos vieron, pero el amor que todos te tenían seguro los calló. Quién sería capaz de delatarte a ti, el de la risa más ronca y dulce del mundo.

Cuando tu piel tocó abruptamente el pie del peñasco, cuando tus dedos se enterraron entre la hierba, cuando tu ropa se manchó con el lodo del camino y de tu sangre, y tus ojos se cerraron profundamente, mirando aquel cielo azul, escuchando como Caramelo huía en dirección contraria al sonido de la escopeta y tu séquito de peones corrían por los matorrales buscándote, dando disparos al aire para espantarlos, a las 3.15 pm de un martes de verano; mi corazón se detuvo.

Dos meses antes me pasé sintiendo tus pasos de despedida, dándome señales que nunca supe interpretar. Tenías un juego de naipes que usabas cuando te aburrías y no se te ocurría otra cosa que ver el futuro. Nunca pude entender como ellos llegaron seis meses después a mi cajón, tan desgastados como siempre lo estuvieron, incompletos y con el estuche desecho.

Nuestro primer reencuentro se dio en Lima, casi siete meses después de que yo emigré a la capital. Viniste a ver a tus hijos, pero ambos estábamos desesperados por vernos. Era la primera vez que nos veíamos sin miedo a que nos descubran. Nos presentaron como como dos completos desconocidos. No aguanté tanta emoción y me lancé a abrazarte, me cargaste contra tu pecho suave y caliente y me besaste todo el rostro. No quería separarme de ti nunca más.

Nuestro segundo reencuentro se dio al año de tu muerte, en Piura. Estábamos preparando la recepción para la gente que iba a venir a tu misa de un año de fallecido. Por alguna razón, al ver tanta gente llegando a tu casa, sentí miedo y sin que nadie lo notara, salí corriendo de ahí. Corrí cuesta arriba, por los senderos que tomabas para ir a verme, corrí sin detenerme, tratando de buscar tus pasos, sin importarme que me falte el aire, te llamaba en silencio, pero nunca respondiste. Cuando ya no pude seguir adelante, regresé rendida, pasé entre el tumulto y me encerré en el cuarto a pensar que tal vez no querías escucharme.

Una semana después regresé a Lima, llegamos de noche, cansados por el viaje. Pasamos más de 20 horas de trayecto y estaba completamente agotada, con las justas llegué a mi cama. Esa noche soñé contigo, me tenías cargada en tus piernas, riéndote de rato en rato. Te pedía que te quedes conmigo y solo me sonrías y asentías.

Aún tenemos nuestro pacto, pero ya no es semanal como antes, porque imagino que tampoco te dan permiso e igual te zurras y de manera anual, como hace 15 años, regresas a mis sueños, me miras, me abrazas y yo, yo sonrío contigo.

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