Piura y yo

Nací en Piura.

El lugar exacto, no lo sé. Supongo que debe ser uno de los tantos enigmas que tengo conmigo. ¡Cómo no puedes saber eso! Simplemente, no lo sé. No tengo una madre para preguntarle eso y no es porque haya fallecido, esa sería otra historia, como la que les contaré más adelante.
Bueno, sé que nací en Piura, por mi partida de nacimiento y no, ahí tampoco indica dónde exactamente.


También revela que me reconocieron a los 4 años, ósea mis primeros años fueron libres de padre (debe ser como esa libertad que anhelas de adolescente). Debería ser divertido poder recordar esa etapa, pero solo tengo flashbacks acerca de eso. De una viejita cargándome, toda yo, vestida de blanco, para ir a la misa. De una petiza jugando con lo que había sido un carrito de madera, sentada en el piso de cemento, mientras, al costado mío, unas piernas bellas, con falda corta color rosa fosforescente, discutía mi futuro, sentada en un comedor maltrecho. De yo, de 4 años, sentada en unos escalones de adobe del pueblito donde nací, hablando con mi primo de 6 años- antes que la polio le paralice las piernas y deba vivir en una silla de ruedas, donada en el hospital, porque la plata solo alcanzó para la consulta- en plena lluvia de invierno, acerca de la vida. Los niños debemos ser muy duchos en ese tema, a esa edad. Esos tres recuerdos son los únicos que me acompañan cada vez que pienso en Piura.

Antes de mi quinto cumpleaños, un joven flaco, de cabello corto a los costados y largo en el frente, vestido de jeans, de pies a cabeza y botines negros gastados, tocó mi puerta. Habló más de una hora con mi abuela. Yo los miraba de reojo desde el interior, escéptica de la visita. Antes que se hiciera más tarde, mi abuela volteó hacía mí y, con esos pequeños ojos marrones claros, bordeados de arrugas, me pidió que me acerque, sin siquiera hablarme.

- ¿Y si te vienes a Lima conmigo? - Me dijo sin previo aviso, cuando apenas atravesé el dintel de la puerta, aquel hombre flaco y totalmente pálido.  Solo atinaba a mirar a mi abuela, buscando una señal, pero estaba tan taciturna como yo, como si esa pregunta no fuera lo que habían conversado previamente.
-  ¡Vamos a conocer Disney! - No tenía ni idea de dónde quedaba, pero sonaba tan lejos, tan grande, tan misterioso y divertido.

- D-I-S-N-E-Y- lo repitió, pero esta vez lo hizo lentamente, como si buscase que lo memorizara, mientras los ojos se le iluminaban cada vez más y más. Sus labios se agrandaban con cada letra y sonreían lentamente, como si se tratase del mismísimo paraíso en la tierra. Sin saberlo, yo también empezaba a iluminarme como él. Sin preguntar nada más, dije: ¡Vamos!
En ese mismo segundo, mi abuela falleció internamente. Siete años después, lo hizo físicamente. No podía morir sin haber enterrado a su hermana con cáncer a la mama, ni a su nieto con polio. Ya había dejado a la nieta segura, como me lo repitió durante dos semanas previas al viaje, sabiendo que la entendía, abrazándome y empezándome a extrañar sin aun haberme ido.

Fue la primera persona que me amó, pero tampoco recuerdo eso. ¿Qué cómo sé que lo hizo? Años más tarde, ya en Lima, cuando nos mudábamos a una casa más grande, encontré sus cartas abandonadas en una lata oxidada de galletas, junto con un álbum de fotos. En todas preguntaba por mí, solo dos de ellas empezaban con un: “Gracias por la carta, la he leído tantas veces que ya me la aprendí”. Nadie que ama tanto, sigue escribiendo a pesar de no tener respuestas.

Después de dos días de viaje infernal, en pleno ocaso de verano, entre buses de carga y vans mal olientes, llegamos a Lima. Fue la primera vez que subía a un carro, en el pueblo solo había dos de esos: uno que hacía de patrulla de la comisaría y otro que salía todas las madrugadas a las 3am con destino a Piura Ciudad. Estaba tan emocionada que vomité todo el camino, lleno de praderas, campos, árboles de frutas, algarrobos, desiertos y aire totalmente puro. Si ya con las justas me sostenía en peso, cuando llegué a mi nueva casa, gritaron, pero de miedo al verme.


Pesaba menos de 15 kilos, nadie creía que solo me había bajado un par de kilos nomás. Posteriormente, pasé años con doctores que se rascaban la cabeza pensando en anemias, vitaminas y un posible caso anorexia infantil. Si me hubiesen sabido que, durante cuatro años, mi abuela y yo sobrevivimos con un solo plato de comida al día, tal vez se hubieran ahorrado tanta plata en hospitales, medicinas, inyecciones y vitaminas. Pero nadie está tan loco como para preguntarle a una niña pequeña por qué no quiere comer. El estómago se acostumbra a comer despacito y poquito.

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