Sudor

La verdad es que me gusta el jugo de naranja, en realidad me gusta mucho. Que no lo tome diario es otra cosa.

Que no lo tome porque, digámoslo así, el de tienda me parece demasiado caro y bueno eso de exprimir naranjas a diario, a las siete de la mañana no va conmigo.




No va conmigo. Puedo aprovechar esos cinco minutos de: lavar, cortar, apretar, gotear, encaramelarme y exprimir; en dormir un rato más. En soñar. No hay nada mejor que dormir. Dormir hasta tarde.

Dormir. Dormir sin alarma, aunque, siendo sinceros, siempre se me olvida desactivarla, así sea feriado. Dormir soñando. O soñar que el día siguiente será feriado, porque digámoslo así, todos aman los feriados, como la mayoría ama el mar, pero odia la arena u odian el sol, pero aman el verano.

Verano. Hay tres cosas que amo del verano: el sol, el mar y el aroma a brisa que se impregna en la piel de la gente.

Olor a brisa. O los besos con sabor a brisa. Sabor a atardeceres de colores.

Colores. Lo que más me gusta del verano son sus atardeceres otoñales, pero con menos viento que en abril.

Abril. Nadie como yo ama abril y no porque es el mes de mi cumpleaños. Quién no puede amar hacer crujir las hojas secas sobre sus pies, los atardeceres de más de tres colores, el saber que el sol se irá pronto, pero quedan esos cachitos de rayos jugando con el viento a diario, jugando a darle luz a tu cabello, a tus ojos, a tu piel.

Piel. Me gustan los besos pero no los abrazos, casualmente nunca sé qué hacer cuando me abrazan o cual es el momento ideal para abrazar o exactamente no sé tocar la piel de nadie. Imagino que no a muchas personas les gusta ser “abrazables” y, por ende, tocables.

Tocar. He tocado más de cien cuerpos desnudos, de todas las formas y colores que me pude imaginar. Todos con sus consentimientos, claro está. He tocado clavículas, he dejado que mis dedos paseen por tóraxes sudorosos, por tetillas velludas, por ombligos salidos. He rozado mis uñas sobre pelos rizados de muslos sin caras y he dejado que me arañen los omóplatos, las caderas, las nalgas. Que aprieten una parte de mi cuello, mientras me medio besan y medio muerden lo que resta de mí. He dejado que reposen sobre mí, pechos empapados de agua y sal. Que suden debajo y encima de mío.

Sudor. Muy pocas veces sudo y odio hacerlo, así sea una función de nuestro propio cuerpo. Creo que por eso no soy partícipe de los deportes. La última vez que sudé fue hace 4 días, 14 horas, 27 minutos. Pero eso no importa tanto. Importa más que hace 3 días, 10 horas y 15 minutos fue la última vez que me encarámele los dedos, permití que su jugo se chorreé entre mis manos, se adentre en mis hiponiquios, caigan algunas gotas por el final de mis uñas, manchando la mayólica gris de la cocina, mis pies helados y mi ropa.


Hace cuatro días, te sentí; hace tres, el sabor ácido y el aroma meloso de tres naranjas huando, te trajeron a mis pensamientos. He llegado a la conclusión, después de saborear la última gota, que me causas el mismo efecto que un jugo de naranja recién exprimido.

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