Ella.

¿Les conté que no tengo una mamá original? Hey, tampoco quiere decir que he sido creada en un laboratorio, pero aun no lleguemos a esa historia, para eso, falta mucho. Poco a poco se desnudan las cicatrices, si lo hacemos rápido, podemos salir heridos o no entender los porqués de las historias.


Bueno no tengo una, pero me aferro a la idea que la tuve en mi primer año de vida, aunque no puedo estar segura de eso, nadie recuerda nada a esa edad y mucho menos yo.

Al llegar a Lima, los cambios fueron drásticos. Fue difícil ya que nadie me explicaba qué sucedía conmigo, dónde estaba mi abuela, mi primo, el Padre de la iglesia y los pocos niños que conocía. Nunca había visto a ninguna de las 15 personas que habitaban en la casa. La mayoría de ellos recién estaban saliendo de la adolescencia, se les notaba en sus rostros, en sus facciones que aun guardaban algo de inocencia. Solo había una niña en toda la casona, de piel canela, ojos negros bordeados de pequeñas pestañas cortas, que se ocultaban entre los rizos que le caían de la frente; pero de ella hablaremos luego.

Mi primer día en la Capital, me sentaron frente a un gran tazón de caldo, atiborrado de fideos pálidos, gruesos y largos, con pedazos de pollo flotando entre las verduras. Fue la mejor comida que había probado en mis cuatro años. Me gustó tanto que lo repetí tres veces. Una mujer blancona, como aquellos fideos, con ojos tan pequeños como una almendra y claros como la miel reflejada en la luz, me acompañaba en la mesa y era la autora de tal delicia. Sus carnes se atoraban entre las sillas y el repostero, cada vez que se levantaba para servirme nuevamente.

Cómo algo tan simple como servir un poco de sopa hace que la quieras tener siempre a tu lado, aun sin conocerla.

Yrma, Yrmita de mi corazón, desde mi asiento te veía y quería seguir haciéndolo el resto de mi vida. Fuera de mi abuela, fuiste la segunda mujer que amé. Me pegué a ti como chicle, me sentía protegida a tu lado. Quería tenerte siempre esperándome para comer, escuchando tus buenas noches, oyéndote cantar Pimpinela a viva voz, mientras limpiabas la casa y yo jugaba a tus pies. Tú y tu mandil de bobos azules alegraron mi corazón, te convertiste en lo que siempre anhelé, en mi madre.

Las primeras tarjetas que hice en el colegio estatal, por el Día de la Madre, te las dedicaba a ti en secreto. Fui capaz de, en uno de tantos segundos domingos de mayo, correr entre los jardines de los vecinos y arrancar de cuajo todo aquello que fuese colorido: rosas, flores, margaritas, claveles para entregártelo.

Te lo ofrecí de puros celos, tu hija y esposo te habían llevado en la mañana un ramo gigante de rosas y lo viste, tus ojos se iluminaron tanto que brillabas de emoción. Yo también quería que me lances aquella sonrisa como lo hiciste con ellos. ¡Y lo hiciste! a penas te las mostré, mientras temblaba de vergüenza porque no se comparaban a un ramo comprado.

Sabías que eran robadas y que al día siguiente debías explicar a los vecinos por qué la nueva niña había estado arrancando sus plantas. Explicarles que yo no era ninguna delincuente y prometer que me ibas a enseñar buenos modales.


Quería tenerte así, en mi afán egoísta, solo para mí: que solo me cuides, que solo a mí me prepares los platillos que más me gustaban, que me cantes todas las tardes, después del cole, pero habían tres obstáculos entre nosotras: El primero, tenías ya una hija; el segundo, sabíamos que en alguna parte del huracán de la vida, este nos arrastraría en puntos separados; y el tercero; no era tuya y tú no eras mía, nuestro romance entre comidas, griteríos y travesuras tenía un fin.

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