Hilos

¿Alguna vez has visto un hilo de sangre?


No, no me refiero a uno de muerte o de alguna tragedia. Pensemos en un hilo de sangre, como la menstruación: un pequeño chorro descendiendo suave e inocente, muy despacio, rojo, rojísimo. Un hilo doloroso, porque ese tránsito duele, te desarma, te quita alientos. Pensemos en ello por un momento, pero no de manera asquerosa, aunque sea difícil de no imaginarlo, pero reservemos ese recuerdo por un momento.
Hay dolores insoportables, como el dolor de un corazón roto, duele increíblemente, te revienta el alma, pero no me quiero centrar en eso, sino en el post, cuando empiezas a dejar ir.
Cómo haces para calmar el dolor si no existe ningún analgésico. Bueno, no es sencillo, yo lo imagino de esta manera:

Romperse el corazón y tratar de repararlo es como parchar algo: Coges pequeños, delgados y viscosos hilos de sangre de tu alma y vas formando una pequeña mata, sin forma, algo enredada y vamos tapando aquellos huecos que nos han quedado en nuestro ser, vamos cubriendo todo, como si supiéramos dónde más lo necesitamos, pero lo cierto es que nunca lo sabemos con exactitud.

Hay veces que se rompe ese pequeño revuelto, el dolor regresa y los recuerdos también. Entonces ya no parchas, sino te envuelves, cuál presa de araña, para ya no sentir nada. Cuando acabas, te conviertes literalmente en un capullo humano, creyéndote  en un ser invencible, inmune al dolor. Piensas: "Si lo veo por alguna razón ya no me afectará".

Pero no es así, Al principio te encierras en ti, porque tienes miedo de encontrártelo y sabes muy bien que si lo ves, todo el matorral que has formado en tu alma, se desarmará. Pero luego, cuando le pierdes el miedo a salir de tu zona de confort, te la pasas pensando en qué momento te vas a cruzar con él o ella, en que momento lo ves doblando la esquina, topándotelo en algún café o restaurante e indiscretamente, quieres que suceda. Sabes de memoria los lugares en que podría estar, pero no pasa, por más que lo busques indirectamente, jamás de los jamases te lo toparás y eso duele más. Toda la inmunidad que dices has creado no funciona porque tú misma eres capaz de romperla con solo verlo.

Y como eso no funciona, acudes a los amigos en común. Tratas de manera cautelosa saber de él o ella, sin que se den cuenta, lo introduces en la conversación, de a poquitos, como quien no quiere la cosa, para que no piensen que te estás volviendo loca por saber. Preguntas por un tema, una salida, un reunión y sin querer lo mencionas, como para seguir con la charla, pero no te dicen lo que quieres saber, con las justas respondes con monosílabos y no te da espacio para volver a preguntar más. cambias el tema por vergüenza, para que no sospechen, para que sepan que ya pasó, que no te interesa, aunque sea todo lo contrario.

Duele más eso, no saber. Te carcome la paz que buscas, pero sabes perfectamente que si buscas por ti mismo, encontrarás lo que no quieres saber. Ahí te detienes, la telaraña tejida con la sangre de tu ser te impide seguir, si se desbarata por completo, el dolor será el doble, como arrancarse la costra recién formada de una herida y sinceramente, no das para más dolor.

Entonces recapacitas. Poco a poco dejas de buscar, de preguntar, de asistir a los “posibles lugares que lo encontrarás”, a dejar de odiar porque seguro la está pasando de maravilla, mientras te deshaces de dolor. La lucha más grande es la que llevarás de ahora en adelante, hasta que los hilos de sangre se sequen mientras ahondan en tu ser y lo cubren cual capa protectora, hasta que el dolor pase.

A veces, ser valientes es aprender a dejar ir.

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