Otoño en Lima

El hombre de mi vida, llegó a inicios de marzo, tal cual viento otoñal y sábados artísticos. Llegó, cuando yo, toda apresurada, le pregunté su nombre, sin afán de coqueteo, más bien, para salvar una nota del taller que llevaba, nos faltaba una persona en el grupo y bueno, lo invité a estar en el mío.

El hombre de mi vida se tardó 13 días en conquistarme. Trece días esperando hasta que salga de clases. Trece viajes en bus, acompañándome hasta el paradero de mi casa. Trece días entre caricias, agarradas de mano y besos en la mejilla. Al treceavo día, lo dejé besarme. Me sentía amada totalmente, era lo que meses atrás pedí, en una exposición de arte, donde había un gran muro de chocolate y uno podía escribir su deseo con un mondadientes, tal cual altar empalagoso.

El hombre de mi vida, me trajo largos ratos de caminatas, lo que más amo en este mundo. Me trajo conversaciones que nunca tenían fin. Sabía que siempre me metía en problemas y sin dudar, me sacaba de todos, como un héroe sin capa.

El hombre de mi vida, pasó un año entero de luna de miel conmigo. El paraíso había bajado a mí y yo, flotaba en la tierra. Sabía de memoria la posición de todos mis lunares. Había contado las cicatrices de mi piel y de mi infancia. Me amó cuando me subí 10 kilos. Me amó cuando llegué a pesar 45 kilos. Nadie como él le hacía gracia cada corte de cabello diferente que me hacía. Reía conmigo de mis chistes de medio pelo, de mis sarcasmos, de mis preguntas raras, de mis sueños extraños.

El hombre de mi vida, me conocía tan bien que aprendió estratégicamente a dejarme y milagrosamente a los dos días, tener una nueva pareja y a las semanas, regresar a mi lado sin que yo pueda rechazarlo. Aprendió a cuidar sus palabras, a esconder sus mensajes que no eran para mi, a saber que cuando me iba poniendo más intensa, era mejor desaparecer, así sea días antes de mi cumpleaños o de navidad. Tuvo el valor para criticar mis detalles hacia él. Aborreció que para nuestro aniversario hubiese pasado dos horas intentando llamar a su radio favorita para dedicarle una canción. Esa canción no le gustaba, cómo pude dedicársela en público. Debí saberlo, al igual que el poema que le dediqué y que nunca entendió.

El hombre de mi vida odiaba que creciera y me volviera más lista, más competitiva, menos sumisa. Él, desapareció sin previo aviso, sin alguna nota, mail, mensaje o llamada. Él, apareció al año siguiente, anunciándose por llamadas, mensajes y notas. Juró haber cambiado y lo demostraba totalmente. De pronto, todo era como antes, regresaron las caminatas de horas y horas, las risas, los abrazos en el bus, las cenas preciosas. Entonces, cometí un error, le pedí que el sueño nunca acabase, que nos quedáramos así para siempre. Entró en pánico, un para siempre nunca estuvo en sus planes. Su rostro se enmudeció, sus hombros se achicaron y se le perdió el brillo en la mirada. Me perdí. El caos regresó y con él, los gritos, las peleas, el llanto.

El hombre de mi vida se fue un domingo a las 10 de la noche, sin una gota de lucha entre sus sienes. Solo había derrota sobre sus hombros. Vida mía, si tan solo no te hubieras rendido, quizás yo, quizás tú...Si hubieras aprovechado el estado de shock que tenía y pedías que luchemos juntos, lo hubiese hecho. Pero él hubiera no existe, ¿O no, corazón?

El hombre de mi vida no quiso ser el amor de mi vida y yo, corazón mío, a diferencia de ti, no me aprovecho de la fragilidad del resto.

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